Pero como siempre, antes, ¿qué tal…?
Un poco de Historia
Hacia los tiempos de las primeras cruzadas, al sur de Francia, en la Provenza de la época, la vida transcurría relativamente plácida, el clima era más suave, los castillos más cómodos, y había más tiempo libre para la ociosidad y el entretenimiento. Las esposas de los caballeros en las cruzadas velaban por sus dominios, y las conversaciones no versaban siempre en torno a la guerra precisamente.
A los castillos de la zona, acudían artistas vagabundos, con sus canciones y poemas, con temas nuevos, que hablaban de héroes que llevaban a cabo grandes proezas por amor a una dama, solo para demostrar que eran merecedores de ella.
Es en este territorio y en esta época donde se propiciará el nacimiento y el arraigue de un nuevo estilo de conducta, el concepto del caballero cortés, y donde proliferarán los juglares y trovadores que fomentarán y alabarán con sus obras, esta conducta.
Estos temas pronto se harán muy populares y se extenderán con rapidez por el resto de Francia y Alemania, donde, aunque ya existían por supuesto canciones al amor, este culto al minne, el amor espiritual y exaltado, arraigará rápidamente entre los juglares alemanes. A estos nuevos juglares, se les llamó allí minnesingers. Mientras que en el norte de Francia se denominaron trouvères, (quienes hacen canciones), y en el sur troubadours, diferenciándolos así de los juglares trotamundos (del latín joculare, jugar de manos).
Juglares y trovadores
Con estas premisas… ¿estamos en condiciones de establecer ya algunas diferencias claras ente unos y otros?
Viendo solo lo expuesto, la diferencia entre unos y otros parecería ser únicamente la temática de sus narraciones la que los definiese. Pero habría algo más que marcaría las distancias.
Aquellas nuevas poesías y canciones que entonaban los juglares de la época bien tendrían que haber sido creadas por alguien, en un principio, algunos de los propios juglares, siguiendo la más pura tradición de los famosos bardos de la antigua Galia. De esta forma, la premisa inicial con la que abríamos nuestra entrada se queda corta:
Trovadores => compositores, juglares => intérpretes
Nos queda algo en el tintero. El status social
Con la proliferación de los nuevos cantares de gestas heróicas y amores platónicos, el concepto del "caballero cortés", el ideal de caballero, se afianza lentamente, en toda Europa:
"Un caballero cortés deberá tener siempre buen aspecto, estar limpio y bien peinado y vestir ropas ricas y hermosas, hablar bien y ser tranquilo y modesto, pero a la vez divertido y alegre. Jamás mostrarse ofensivo, tratar a las damas con especial respeto, saber mantener una conversación amena, y tener buenos modales en la mesa."
Además de estas cualidades se fueron incluyendo otras como saber componer poemas, cantar, o tocar algún instrumento, es decir, todo caballero que se preciara de serlo, tenía que tener algo de trovador.
Quien dio el espaldarazo a la figura del caballero-trovador fue nada menos que Guillermo IX, conde de Poitou y duque de Aquitania, (1071-1126) a quien las crónicas llaman "el buen trovador" quien cultivó la poesía lírica provenzal, Sus composiciones, centradas en el amor cortés y temas eróticos, revolucionaron la literatura medieval.
Con su ejemplo, resultará la tónica general en adelante que el trovador perteneciera a una clase social elevada.
Ser trovador será una nueva cualidad propia de un caballero, una afición más a desarrollar, como la práctica de la caza o las justas, no un oficio del que vivir.
Aunque para algunos, aquello sí se convirtió en un modo de vivir. Su vida errante llena de pasión y aventuras les convertiría en típicas figuras románticas de su época.
Con frecuencia un trovador podía permanecer durante varios años en la corte de algún mecenas, cantando los merecimientos y virtudes de la dueña de la mansión, chanzos (canciones), o sirventes (serventesios) que ensalzaban proezas guerreras, temas políticos, o sátiras de determinadas personas o costumbres.
Entre los principales protectores de estos trovadores errantes figuraron los condes de Provenza o los de Tolosa, y varios monarcas de Aragón y Castilla.
Se les solían recompensar con dinero, armas, corceles, o ricas prendas de vestir.
Algunos célebres trovadores de la época fueron Sordello de Mantua, Alnaud de Marveil, Arnaud Daniel, o Pierre Vidal de Tolosa.


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